Lengua B, lengua C

La semana pasada, a raíz de un webinario de Asetrad impartido por Héctor Quiñones, tuvo lugar un debate muy interesante en las listas de correo de esta misma asociación.

Además de especializarnos en un tema concreto (algo en lo que todos, o casi, parecían estar de acuerdo), ¿debemos centrar nuestros servicios en sólo nuestro par lingüístico principal? Es decir trabajar únicamente con el español y la que consideremos nuestra lengua B.

Los partidarios de este método insistían en que les costaría mucho llegar con otro idioma al nivel que habían adquirido con su lengua B, que no traducen tan rápido de otros idiomas ya que no tienen los conocimientos culturales y de vocabulario suficientes. Por ello, centran sus esfuerzos en dominar al máximo un solo idioma y así asegurar la mayor calidad.

Versión de los detractores: con una sola lengua de trabajo se cierra la puerta a otros encargos de diferentes idiomas que, aunque sean la lengua C1 de un traductor, éste es perfectamente capaz de hacer un trabajo más que decente a partir de ese idioma, aunque le lleve más tiempo en consultas al diccionario o a posibles referencias culturales. En definitiva, que supone más proyectos.

También se debe tener en cuenta cuál es la lengua B del profesional. Si estamos hablando del inglés, francés o alemán, quizás pueda sobrevivir con una buena cartera de clientes. Si en cambio domina el griego, el sueco o cualquier otro idioma que no sea los citados anteriormente, es posible que tenga que añadir al menos el inglés para poder llegar a un sueldo digno a final de mes.

Debo insistir en lo de la buena cartera de clientes. Para trabajar con un solo par, se debe de tener la seguridad de que el trabajo no va a faltar. Eso implica años de profesión, por lo que ésta es una práctica que desde mi punto de vista únicamente se puede ejercer después de unos cuantos años en la brecha. En mi caso, a pesar de ser el francés mi lengua B, dudo mucho que el inglés y el italiano se vayan a caer algún día de mi tarjeta de visita. Primero porque les he destinado mucho, mucho tiempo como para no sacarles provecho. Cursos, certificados y estancias en el extranjero…es un dinero y un esfuerzo que quiero rentabilizar. Sé que es posible que no lleguen al nivel de mi francés, pero suponen unas herramientas de trabajo útiles y más proyectos que podré aceptar.

También se habló de las traducciones inversas. En general, todos parecen ser detractores de este sistema por motivos obvios (el texto suena raro, se nota que no ha sido un nativo etc…). Ahora bien, quizás los traductores jurados podamos meternos en otro saco. Me explico. De cada 10 traducciones juradas que recibo, 7 son inversas. ¿Debo dejar de aceptar un 70% de los ingresos que me producen porque no debería hacer inversas? Yo creo que no. Todo esto, evidentemente, partiendo de la base de que estamos hablando de certificados, notas, diplomas y demás documentación que tiene que ir sellada. Nada artístico, vamos. Si fuera un jardín distinto en el que me estuviese metiendo, reconsideraría la oferta y en el caso de aceptarla, contaría con la colaboración de un profesional nativo para la revisión del texto final.

En definitiva, la situación de cada traductor es diferente, y cada cual tiene que valorar de dónde vienen sus ingresos y lo cómodo que se siente al tratar con uno u otro idioma. Es un caso en el que no se puede sentar cátedra.

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