Cuando se acaba un proyecto

Creo que sufro del síndrome de Estocolmo. Ese que te hace compadrear con tus captores, sí.

Me explico: llevo más de medio año trabajando en un proyecto de interpretación que se ha adueñado de mi tiempo de trabajo, de mi tiempo de ocio,  de mi lugar de residencia y hasta de mis horas de sueño (gracias a lo cual he aprendido a dormir de pie, y hasta interpretando si fuera menester).

No quería creerlo, pero este proyecto REALMENTE tenía una fecha de finalización. Nos han mandado a casa a la espera de entrar en la última fase, pero que, una vez de vuelta al trabajo, no duraría más que algunas semanas más.

Aquí es donde entro en crisis existencial. Profesional y personal.

Profesional: ha sido un proyecto muy largo y a jornada completa (literalmente hablando. Creo que he trabajado 30 horas al día por lo menos). Ergo se ha “zampado” todo mi tiempo  para hacer algo de “marketing” y buscar nuevos clientes. Por no hablar de la imposibilidad de aceptar cualquier otro proyecto, salvo los de traducción de 4 páginas máximo de los que me podía encargar a la hora de la comida, por ejemplo. Mis clientes habituales no parecían tener ninguna pega con ello, aunque siempre sonaba el teléfono a pesar de estar avisados. “¡Pero que estoy con este otro proyecto!” – “¡Ay, es verdad, que no me acordaba!” ha sido una conversación muy repetida en los últimos meses.

Lo sé, es un error de principiante poner “todos los huevos en la misma cesta”, pero realmente no había otra opción. Y ahora estoy pagando el precio, sufriendo una falta de proyectos por no mimar lo suficiente a mis clientes de siempre…ni a los otros.

¡Y no hablemos del “mono”! No pensé que diría esto, pero echo de menos las jornadas sin fin, fichar a las cinco de la mañana y caminar entre troqueles, grasa y fenwicks, zapatos de seguridad y casco incluidos.

Ahora mismo, ya de vuelta a la vida real, estoy recuperando el tiempo perdido en lo que a la búsqueda de clientes se refiere, pero entiendo que esto llevará su tiempo. De mientras, sólo me queda dar vueltas por mi casa debido a la ansiedad que me produce la inactividad.

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Mi “despacho”

Personal: parece obvio que tras tantos meses trabajando en un ambiente como este con las mismas personas, al final se crean vínculos que se terminan transformando en un cariño especial por tus colegas, que, por cierto, tan amable y cortésmente me han tratado. Pensar que es posible que no vuelva a saber nada de muchos de ellos no es muy agradable; y para los que sigan en contacto conmigo, desde luego ya no nos veremos mil horas a la semana, no compartiremos ni penas ni alegrías in situ, ni confidencias, ni bromas, ni…nada. En mi entrada El amor está en el aire encontraréis un ejemplo de lo que estoy hablando.

A pesar de todo, concluyo que ha sido una experiencia maravillosa por varios motivos: he aprendido tanto sobre el terreno que puedo decir con la cabeza bien alta que tengo un nuevo ámbito de especialización; he conocido a gente que merece la pena (unos más, otros menos); he estado en contacto a tiempo completo con la cultura de mi lengua B, y eso se agradece en la fluidez adquirida al oral y en el hecho de poder aprender algo nuevo todos los días; y por último, y más evidente, he tenido la suerte de trabajar todos los días como intérprete. No todos pueden decir eso.

En fin, la vida sigue, c’est la vie, show must go on etc…

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9 de mayo de 2012 · 14:49

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